RUPTURAS[1]

 

De la religiosidad católica al sueño de la razón occidental

 

Mi formación infantil me sumergió en un sistema de creencias que a la distancia parecen ingenuas y dogmáticas: la religiosidad católica de mi madre y su familia (con elementos inspiradores de mi abuela) y el endoctrinamiento católico de los padres maristas en la escuela. Al mismo tiempo, aprendía los patrones occidentalizados de un niño de clase media en la ciudad de México.

 

Este sistema de creencias empezó a transformarse con la participación de los jesuítas –particularmente del Padre José Sánchez Villaseñor, un filósofo interesante-, quienes me introdujeron a la forma clásica, occidental, de racionalizar la fe, o sea, a emplear la razón para consolidar la fe y orientar el comportamiento. Este uso de la razón, empero, me llevó a cuestionar sistemáticamente los elementos mismos de la fe, hasta el punto en que la razón misma ocupó el lugar de Dios –lo desplazó-, sin que yo me diera cuenta de lo que ocurría. La razón empezó a aparecer como un referente último válido en sí mismo. La nueva conciencia que así adquirí, típicamente occidental, supone una confianza en la razón que la considera  fundamento objetivo y sólido del pensamiento y del comportamiento. Se genera la impresión de que no se tiene una creencia (en la razón), sino que la razón ha logrado constituirse como horizonte último de inteligibilidad, que no es algo en lo que se crea, sino que es algo que “se sabe”, “se conoce”. Se esconde así su condición  como fe, la cual, como dice el poeta español Machado, no consiste en ver algo o creer en algo, sino en creer que se ve. Lo que yo veía entonces, sin  creer que creía, es que la razón (y finalmente la ciencia) me daban una forma cierta de ver el mundo.  Las fantasías, trampas, errores o ilusiones de la razón podían ser faltas mías, problemas a superar, pero no limitaciones propias de la razón.

 

Mientras andaba en ese tránsito intelectual y vivencial, estaba adquiriendo la racionalidad científico-tecnológica de la administración, en mis estudios universitarios, incorporándome así, plenamente, al horizonte occidentalizado dominante.

 

Cuando se produjo la ruptura, en el momento en que descubrí que había perdido sin saberlo la fe católica en que había sido educado, la razón misma, en toda su frialdad y limitación, no podía ocupar en forma satisfactoria el lugar que ocupaban, junto con la creencia misma en Dios, todos los rituales, prácticas, etc. que formaban mi religiosidad. Se produjo la sensación  de un vacío que debía ser llenado. Lo que sabía hasta ese momento de la filosofía occidental (predominantemente la escolástica, los padres de la iglesia, Santo Tomás, San Agustín, etc.) no era suficiente ni eficaz. Comencé a buscar, en forma por demás caótica, sin dirección alguna ni personal ni institucional, algún sistema filosófico que me ofreciera asidero suficiente. Caí así en alguna literatura hindú (como la del Swami Vivekanaanda), escuelas esotéricas, ciertas versiones del existencialismo, etc. Ninguna de esas búsquedas resultó satisfactoria. Se mantenía la inquietud. Buscaba lecturas de corte filosófico que me auxiliaran y así, en una librería de viejo, encontré “La ideología alemana” de Marx y Engels. Nada sabía de ellos, de su significado político o social. Leí ese libro como material filosófico. Parece que me fascinó y que empecé a buscar materiales adicionales de ellos. Esa línea de exploración se reforzó seguramente con lecturas de Juan David García Bacca, el gran filósofo catalán de inclinación marxista, a las que me había introducido Alfonso Zahar, mi profesor de preparatoria que fue una clara figura paterna sustituta a la muerte de mi padre y quien me impulsó a estudiar la nueva carrera administrativa, me llevó a trabajar al Banco de Comercio e impulsó mi carrera ahí y guió mis primeros pasos en la exploración filosófica. “Invitación a filosofar”, un libro muy radical de García Bacca que él me sugirió, iluminó ese tramo del camino y seguramente contribuyó a mi inmersión en la visión marxista del mundo.

 

En este aspecto, lo que quiero subrayar es que el pensamiento marxista se instaló en mi cabeza y en mi comportamiento de una manera que llenaba a satisfacción el “vacío” que parecía haber producido mi primera ruptura. Llegó con fuerza y pasión, con la capacidad de guiarme y movilizarme, terminando así de instalarme en el horizonte occidental de inteligibilidad, en el que habría de mantenerme en las siguientes décadas.

 

De la administración a la revolución

 

Educado en la carrera administrativa por los jesuítas, hubo siempre, tras las enseñanzas técnicas y científicas, postulados morales. Se trataba de formarnos en una idea de justicia social e integridad profesional, planteando que, dentro del marco capitalista dominante, nuestra función sería hacer realidad ideales de justicia, “dando todo a todos”, “dando a cada cual lo que le correspondía”. Como administradores profesionales, nos ocuparíamos de la distribución justa de los productos del esfuerzo colectivo, proporcionando buenos productos y servicios a la comunidad, buenas condiciones a los trabajadores y utilidades a los empresarios. Ejemplo típico, en el ámbito en que me especialicé (selección de personal), era el planteamiento de que se trataba de buscar “el hombre adecuado para el puesto” (interés de la empresa) y “el puesto adecuado para el hombre” (interés del trabajador). Hacer bien el trabajo profesional significaría que todos estarían contentos y satisfechos, que se estarían cumpliendo ideales de justicia social y postulados morales, asumiendo que nada había intrínsecamente “malo” en que unos fueran más iguales que otros, en que unos tuvieran abultados beneficios y otros recibieran sólo pequeñas tajadas del pastel social.

 

Me sumergí sin mayor cuestionamiento en ese mundo. Asumí como propios los intereses de las empresas en las que trabajé, dando por sentado, sin mayor consideración crítica, que cumplían una función social. Parte de mi función, en el campo de la administración de personal, era contribuir al endoctrinamiento que forjaba la lealtad de todos los trabajadores a la empresa: debían ponerse esa camiseta. Luchar por el bien de la empresa significaba luchar por el suyo propio.

 

El choque con la realidad resultó en verdad una sorpresa, que tardé varios años en asimilar. De pronto resultaba que los intereses de los trabajadores podían estar en contradicción con los de la empresa. Tenía sólo 18 años cuando llegué a ser subgerente de una pequeña empresa y traté por primera vez con obreros. Viví ahí condiciones que nunca percibí en el Banco de Comercio, donde los empleados, funcionarios, gerentes y dueños parecían todos confundidos en un mismo grupo social con un interés común: servir a los clientes del Banco, para beneficio de cuantos trabajaban en él. En el Banco, nada parecía ocurrir que fuera contrario a los trabajadores. A partir de aquella pequeña empresa (Modopak), y luego más claramente en IBM, Procter & Gamble, Cervecería Moctezuma y las empresas a las que daba servicio en gabinetes de consultoría (primero en el Instituto de Personal y luego en mi propia empresa, Relaciones Industriales), las contradicciones empezaron a resultar evidentes y a ser fuente de incomodidad.

 

Mientras avanzaba muy exitosamente en mi carrera profesional (fui sin duda el miembro de mi generación que consiguió más espectaculares avances en la escalera profesional de ascenso), así fuese con creciente incomodidad al tomar clara conciencia del fraude de la promesa original sobre mi profesión, estaba experimentando a mi alrededor fenómenos sociales y políticos que sacudían mis convicciones y que mis lecturas izquierdosas, predominantemente marxistas, contribuían a explicar. En 1958, en el año en que estaba terminando mis estudios y cuando era ya funcionario de buen nivel en las empresas, se registraron grandes movilizaciones sindicales y populares que terminaron en una represión masiva. Al año siguiente triunfaron los revolucionarios cubanos. En México y en toda América Latina cundía un impulso de cambio. La frase del Che Guevara: “La obligación de todo revolucionario es hacer la revolución” se hizo mandamiento para miles de latinoamericanos.

 

No puedo reconstruir las circunstancias concretas que me impulsaron finalmente a abandonar mi carrera: entregué mi bufete profesional a quienes trabajaban en él, entré a trabajar en un puesto menor en la Secretaría de Hacienda –sólo para ganarme la vida, mantener a mi familia (había nacido ya mi primera hija), y prepararme para la acción revolucionaria, con amigos que había ido conociendo en el camino, fuera del ámbito profesional. Amigos izquierdosos me llevaron a trabajar al Banco Nacional de Comercio Exterior, donde me hice editor de la que se convirtió en la mejor revista latinoamericana de economía. Esa tarea sirvió para avanzar en mi preparación en ese campo.

 

Esta ruptura no tuvo un “día de iluminación” como la primera. Se produjo con la acumulación de experiencias e inquietudes. Me resultaba claro que persistir en mi profesión implica hacerme cómplice de quienes eran la fuente de injusticia y explotación en la sociedad. Y también me parecía claro que era mi obligación comprometer mi vida con la lucha social, con la revolución, aunque no supiera aún cómo podía hacerlo.

 

Al participar en lecturas y discusiones, con diversos amigos, pude plantearme una clara crítica del mundo soviético –de su versión de socialismo- y explorar opciones, dentro del marco del pensamiento “revolucionario”, en Mao, los cubanos, etc., incluyendo, en todos los casos, una fuerte pasión “anti-imperialista”: la lucha revolucionaria era necesariamente internacional, con un enemigo claramente identificado.

 

La ruptura con mi profesión no rompía en realidad con ella. Representaba esencialmente tomar partido, en la lucha social, lo que implicaba contraponerme con mis empleadores en empresas privadas o en el Estado (al cual veíamos como consejo de administración del capital, en plena ortodoxia marxista, incluyendo en él a las “corporaciones” obreras y campesinas controladas por el propio Estado). No implicaba abandonar la ciencia de la administración o sus técnicas, que sólo debían ser “limpiadas” de sus sesgos capitalistas. Mucho menos implica abandonar la racionalidad occidental, como horizonte de inteligibilidad. Al contrario. Me sumergí más profundamente en él, en su versión marxista, que puede ser la más dogmática, la más ciegamente entregada a sus modos de percepción como expresión de “la verdad”, con la ciencia del materialismo histórico.

 

De la violencia a la vía política

 

Un día apareció, en mi oficina del Banco de Comercio Exterior, un antiguo militante de la izquierda mexicana que había ya pasado por el Partido Comunista y diversos grupúsculos y estaba constituyendo un nuevo “partido”, una nueva “vanguardia del proletariado”, de orientación guerrillera.

 

Cuando llegó y empezamos a platicar, obviamente fuera del Banco, me encontró ya ideológicamente preparado para lo que su grupo cocinaba. Mi “convicción revolucionaria” era ya muy clara. (Poco antes, con otros amigos, nos habíamos planteado la locura de ir a apoyar a los cubanos en ocasión de Bahía de Cochinos). Había efectuado por mi cuenta la crítica de las versiones convencionales del marxismo y el socialismo. Nos sentíamos realmente una vanguardia iluminada y ocupé de inmediato un lugar destacado en las reuniones, discusiones y actividades del grupo. En el primer y único número de su revista (que debía desempeñar, según nosotros, un papel fundamental en la revolución), escribí el principal artículo de análisis.

 

El proceso duró varios años. Por una parte, me entusiasmaba sentirme parte de un grupo revolucionario, con todo por delante; gozaba la emoción de nuestras reuniones clandestinas, el avance en nuestros planteamientos teóricos y políticos, el clima de solidaridad y camaradería, la dedicación de la vida entera a una causa superior... Por otra parte, resentía nuestra incapacidad práctica de acción. Se nos aplicaba el dicho que modificaba el del Che Guevara: “La obligación de todo revolucionario latinoamericano... es hacer la junta”. Nos juntábamos todo el tiempo a rollar. No sólo se iba todo en preparativos para una acción que nunca llegaba. También observaba el contraste entre nuestra “acción” (entretenida en el rollo, mientras continuábamos nuestra vida clasemediera), y la condición real de los grupos que ocasionalmente contactábamos, particularmente campesinos, en quienes encontraba decisión, valor y organización mucho mejores que los nuestros. No me parecía claro por qué nosotros éramos sus “dirigentes”, los que habríamos de conducirlos por el camino de la revolución, cuando era evidente que tenían experiencia y condiciones de lucha mucho mayores y mejores que las nuestras. Se acumulaba también alguna forma de incomodidad por nuestra posición respecto a la violencia. Dábamos por sentada su validez y legitimidad, no surgían dudas morales sobre la necesidad y conveniencia de emplear la violencia (no veíamos otra manera de hacer la revolución, cuya necesidad y legitimidad nos resultaban enteramente evidentes). Pero no resultaba grato vivir las consecuencias de esa actitud, observar de qué manera, entre nosotros mismos, la capacidad de emplear la violencia se convertía en mérito decisivo, de mayor fuerza que cualquier argumento.

 

El incidente que he relatado, cuando el mismo dirigente que me reclutó para el grupo mató a otro de los dirigentes en un acto de celos, se refugió en mi casa y comprometió al grupo entero en su protección, representó una forma clara de “iluminación”: esas eran las condiciones de violencia que nos estábamos imponiendo a nosotros mismos y queríamos imponer a la sociedad entera. No pude ya seguir por ese camino. Se produjo la ruptura. Mantuve respeto y “comprensión” para quienes aún tomaban esa vía y trataban de suscitar el cambio revolucionario mediante la acción guerrillera. Pero dejé de pensar que ese fuera el único camino y, en todo caso, me quedó claro que no era mi camino. No estaba dispuesto a ser parte de un empeño que desataría todas las formas de violencia, particularmente contra aquellos a cuya causa nos queríamos dedicar. Aún sin tener un camino a la vista ni una posición clara sobre la no violencia (comencé apenas, por aquella época, mi lectura de Gandhi), decidí explorar otro camino.

 

En aquel tiempo, los años 60, ninguna organización política parecía apropiada: todas las existentes habían sido sometidas a nuestra crítica, bastante válida. Cuando acepté una posición importante en el gobierno, no lo hice con la idea de hacer desde adentro la revolución o cuando menos impulsar cambios sociales relevantes. Parecía más bien un refugio laboral, mientras me aclaraba internamente. En los siguientes años, mientras trabajaba en la Secretaría de la Presidencia ocupado de la planeación del gasto público, dediqué buena parte de mi tiempo libre, muchísimas horas y días de trabajo, a leer, estudiar y escribir lo que resultaría mi primer libro: “Economía y enajenación”. Es quizás el único texto mío al que dediqué seriamente un esfuerzo prolongado de investigación y reflexión, así fuese encerrado en mi cuarto,  entre los libros, separando claramente esa actividad intelectual de todas las demás que realizaba. Es un libro que todavía aprecio y se abre a líneas de reflexión en que todavía sigo. Me fortaleció en una concepción del mundo y una actitud sobre el cambio que no necesitan pasar por la violencia. Poco después de terminado el libro, que sólo se publicaría diez años después en una versión muy resumida, se me presentó la ocasión de trabajar en otra dependencia del gobierno en un contexto radicalmente distinto: se trataba de hacer cosas, no sólo de planearlas, y hacerlo en al ambiente populista, social y políticamente comprometido, del gobierno de Echeverría. Se trataba, especialmente, de trabajar ante todo con los campesinos, que en el camino había descubierto como fuente radical de esperanza. Parecía posible, tras el periodo ambiguo y distante en la Secretaría de la Presidencia, entregar toda mi pasión y empeño a esas tareas. Así empecé los años 70.

 

Del Estado a la gente

 

Los años de CONASUPO fueron una fiebre de actividad. Me tocó concebir y poner en marcha programas que involucraron a millones de campesinos y marginales urbanos. Utilizamos enfoques muy avanzados y participaron cuadros muy progresistas y comprometidos. Se registraron resultados espectaculares.

 

Hacia 1976, cuando ocupaba ya una posición de primer nivel y me encontré cerca del nuevo presidente, tenía ya algunas convicciones claras. La primera era que la lógica de intereses del gobierno y la de la gente nunca podían ser las mismas. Parecían tocarse y necesitarse mutuamente, pero me resultaba claro que en el gobierno se tenían muy estrictos límites para la acción que la gente requería. También me resultaba claro que hasta los mejores “programas de desarrollo”, como los que habíamos organizado, resultaban dañinos para sus supuestos beneficiarios. No sabía el por qué de ninguna de las dos cosas, pero me resultaban evidentes.

 

Una larga sesión con López Portillo y sus principales funcionarios, dos semanas antes de que tomara posesión, despejó cualquier duda sobre el camino que debía tomar. Anunció con claridad que su política sería adversa a los campesinos. Cinco días después eché a andar los dos primeros organismos de la sociedad civil en que desde entonces he trabajado.

 

La década de los 70 representó cambios sustantivos en mis posiciones teóricas e ideológicas.

 

Ante todo, tomé parte en un intenso debate teórico que a lo largo de todos esos años tuvo lugar en toda América Latina y especialmente en México, en torno a la cuestión campesina. El tema me permitió avanzar en una crítica radical del marxismo, cuyos problemas en este orden son bien conocidos. Fui clasificado como “campesinista”, en contraste con diversas corrientes, sobre todo de marxistas. Aunque por mucho tiempo me sentí aún un marxista, poco a poco abandoné el marxismo, como cuerpo de doctrina y orientación política e ideológica. Encuentro aún en Marx el análisis más lúcido que conozco sobre el funcionamiento del capitalismo y también me inspiran sus trabajos de juventud y algunos textos de viejo que me reveló Teodor Shanin. Pero ya no puedo aceptar el conjunto de su posición teórica y política.

 

En ese proceso, cada vez más cercano a la actividad concreta de los campesinos, pude poner en cuestión las categorías de todas las disciplinas en que había sido educado o había aprendido por mi cuenta. Empecé una crítica radical del desarrollo. El cambio se observó claramente en el nombre de la organización que creamos para concertar la acción de los múltiples organismos que habíamos constituido: en 1979 le llamamos Análisis, Desarrollo y Gestión. Creíamos que eso era lo que necesitábamos hacer para los grupos con los que trabajábamos. Después de escucharlos y seguirlos, tres años después le pusimos Autonomía, Descentralismo y Gestión. A lo largo de los años 80 mi crítica al desarrollo se profundizó, particularmente al entrar en contacto con los amigos de Illich y otros pensadores o activistas radicales de diversas partes del mundo.

 

Empecé la década de 1980 en una fiebre de actividad, en todos los órdenes, pero con una sensación de vacío semejante a la de mi adolescencia: no podía procesar mis experiencias con los campesinos y marginales urbanos con los anteojos técnicos, las categorías, las palabras (puertas de la percepción) que empleaba hasta entonces. El premio nacional de Economía Política, la presidencia del 5º. Congreso Mundial de Sociología Rural y de la Sociedad Mexicana de Planificación, la multiplicación y éxito de mis libros, me daban creciente seguridad en mis ideas...y al mismo tiempo se acumulaba mi desconfianza sobre sus fundamentos.

 

Sospecho que la ruptura principal se produjo cuando empecé a recordar mis contactos con mi abuela, cuando niño, como describí en un texto que sigo considerando muy importante para seguir mi trayectoria: “Regenerating People’s Space”, escrito en 1986. Están ahí las nuevas cuestiones que me planteaba y cómo las empecé a enfrentar. Mi trabajo teórico sobre los marginales, bastante abundante en esos años, muestra claramente un nuevo camino, que se consolidó y afirmó cuando entré en contacto con Illich, la persona y el pensador, en 1983.

 

Aunque la ruptura está ahí, en los años 80, y lo que hice y escribí en esos años la muestran, me encontraba aún, sobre todo en el plano de las ideas, arraigado en el horizonte de inteligibilidad occidental. Sólo después de mi involucramiento con los zapatistas, a partir de 1994, y tras instalarme en San Pablo Etla, pude llegar a apartarme de ese horizonte y plantearme seriamente la posibilidad de que otro nuevo se había creado para mí, aunque todavía fuera incapaz de dar clara cuenta de él.

 

En  conjunto, estos últimos 25 años representan varias cosas. Ante todo, el abandono radical de la idea de “vanguardia” o “agencia” del cambio social, por parte de una persona o un grupo “iluminado” que conoce teóricamente o intuye el sentido del cambio y se ocupa de conducir por él a la gente. Cada vez más, encontré que mi tarea consistía en articular mis experiencias y percepciones entre campesinos, indígenas y marginales, y devolvérselas como afirmación y forma de concertación de su acción. Lo que he llamado el “efecto ajá”. Esto exige compartir su horizonte de inteligibilidad.

 

Por otro lado, la profundización de la crítica del desarrollo condujo, de la mano de Illich, a la crítica radical de la sociedad económica, lo que implicó la ruptura final con el marxismo. Esa crítica se generalizó a todas las instituciones modernas, en particular las asociadas con la noción y estructuración del poder político.

 

Finalmente, lo que acaso sea lo más importante, asumí el principio gandhiano: “Sé tú mismo el cambio que quieres para el mundo”...mucho antes de encontrarlo en él. El afán de coherencia entre mi percepción y mi práctica –un aspecto de mi historia cuyo origen desconozco pero es claramente un rasgo que la marca de principio a fin y determina las consecuencias de cada “ruptura”- me impulsaron cada vez más, desde que empecé a trabajar directamente con grupos campesinos e indígenas en organismos independientes, a compartir de alguna manera su vida, a llevar a la práctica concreta y cotidiana de mi vida las ideas que aprendía de ellos y articulaba en mis escritos o acciones.

 

He vivido por muchos años –sigo viviendo- una contradicción flagrante entre mis capacidades de liderazgo y mi resistencia radical, existencial, a posiciones de poder, muy clara desde la ruptura de 1976. Mis actitudes y comportamientos, mis prácticas concretas, llevan continuamente a que se me exija un liderazgo, a que de alguna manera tenga que cumplir una función de “conducir a otros”. Al mismo tiempo, cuestiono radicalmente esa posición, tanto por la concepción del poder a que corresponde como por sus implicaciones prácticas. Estoy convencido de que nadie debe conducir a los demás, jugar el papel de un dios. Es claro que de esta posición se derivan en parte mis críticas a toda forma de educación, nutridas por Illich, pero abarcan muchos otros aspectos. El desafío consiste, en estas circunstancias, en seguir compartiendo mi experiencia, lo que he aprendido hasta ahora, plasmándola en iniciativas pertinentes, sin imponerlo a otros, sin abusar de mis capacidades de persuasión y exposición o articulación para “guiar” a los demás por el camino que he encontrado. Como es obvio, no rehuyo mi responsabilidad práctica: tomar posiciones, afirmarlas, hacerlas valer, hacerme caja de resonancia de la música que escucho en mi pequeño mundo de indígenas, campesinos y marginales o intelectuales desprofesionalizados como yo. Hago vibrar esa caja de resonancia, consciente que no crea la música, y busco que se escuche, pero cuidando que lo que sale a través de ella, esa voz específica, la mía, no se confunda conmigo: que no se me atribuya a mí, como persona, el contenido de esa voz, ese discurso, para construirme como guía personalizado. Busco que se vea en esa voz la música de fondo, que aparezcan quienes verdaderamente la componen. Que se vea su procedencia. Para que cada cual tome de ella lo que le parezca, lo que le sea útil. De ahí esa versión de mí mismo como “cuentero nómada”: al contar historias, como forma de compartir una experiencia, una visión del mundo (que no es mía, de mi propiedad, de mi peculio, de mi construcción individual), espero que quienes las oigan puedan aprovechar de ellas lo que les resulte pertinente. Así aprendemos juntos de qué se trata este asunto de vivir.



[1] Texto preparado como respuesta a la tesis doctoral de Gustavo Terán, Conversations with Mexican Nomadic Storyteller, Gustavo Esteva: Learning From Lives on the Margins”, 2002.